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Opinión

La ciudad siria de Al-Qusair, con 30 mil habitantes, se encuentra próxima a la frontera con El Líbano, y luego de dos años que fue dominada por el Ejército de Liberación Nacional (ELN), desertores del régimen y otros rebeldes laicos, fue retomada por aliados del dictador Bashar al-Assad hace pocas semanas.

Ariel Segal, Opina.21
Arielsegal@hotmail.com

La ciudad siria de Al-Qusair, con 30 mil habitantes, se encuentra próxima a la frontera con El Líbano, y luego de dos años que fue dominada por el Ejército de Liberación Nacional (ELN), desertores del régimen y otros rebeldes laicos, fue retomada por aliados del dictador Bashar al-Assad hace pocas semanas. Lo ocurrido en la ciudad testimonia la lucha sunita-chiita (las dos ramas del Islam enfrentadas desde la muerte de Mahoma, en el siglo 7) a través de protagonistas actuales: por un lado, el régimen fundamentalista de Irán y el grupo radical chiíta libanés al que apoya Hezbolah –ambos aliados desde hace años con el gobierno laico de la dinastía al-Assad– y, por el otro, el ELN, apoyados por Turquía y Occidente, y grupos islamistas sunitas vinculados a potencias económicas que comparten su cosmología religiosa, Arabia Saudita y Qatar.

Al-Qusair simboliza una victoria importante para la alianza entre Siria-Irán-Hezbolah, pues su reconquista se logró gracias a la intervención de milicias del grupo chiita libanés, implicándose abiertamente en el conflicto del país vecino (los líderes de Hezbolah no habían declarado abiertamente su participación en la guerra civil siria hasta esta batalla), e incluso dirigentes iraníes que han hecho claro que este es un sitio estratégico para su propia causa contra los intereses de gobiernos sunitas que apoyan a los rebeldes sirios.

Al-Qusair permite al gobierno de al-Assad reconectar el corredor que une Damasco con la provincia en donde viven la mayoría de los alauitas (comunidad religiosa a la que pertenece la élite y la familia presidencial siria) Latakia, y así otorga estabilidad al régimen, pero, sobre todo, la caída de la resistencia en la ciudad ante el Hezbolah da cuenta de cómo los tentáculos iraníes van acrecentándose en una zona de alto riesgo, no solo por la cercanía a Israel, sino de Jordania, Turquía y El Líbano, inquietos por la expansión de la zona de influencia de la potencia persa chiita en el Medio Oriente.


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