23.JUN Domingo, 2024
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Opinión

Sólo el desprendimiento del Papa de todos sus poderes podía causar la conmoción necesaria para un nuevo rumbo en la Iglesia. Ciertamente la ha causado.

Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantes
rvasquez@peru21.com

Al principio no lo creí, como todo el mundo. Quién hubiera podido, claro. Un Papa no se jubila como cualquiera. No se retira como cualquiera. No desaparece como cualquiera. Porque un Papa no es cualquiera. Y nunca había pasado para cualquiera porque, para cualquiera de nosotros, seiscientos años es nunca. Tan simple como eso. Pero pasó. Benedicto XVI anunció su renuncia al trono de San Pedro desde donde gobierna la Santa Sede de la Iglesia que le fue encomendada. También abdica a la jefatura del Estado vaticano para convertirse en un eremita, silente y oculto a ojos del mundo entre los muros de ese mismo Estado en el que alguna vez reinó.

Tras la incredulidad vino a mí la rebelión. Siempre me ha sublevado que los reyes renuncien porque, simplemente, renuncian a un deber que yo entiendo es de por vida. La terrible imagen de esos reyes holandeses renunciando como oficinistas públicos una vez cumplidos sus treinta años de servicio me parte el alma. No por ellos. Por la institución monárquica a la que mal representan. La tradición en la que se fundan los reinos dice que los reyes mueren en el trono. Es por la voluntad de Dios, se entiende, que un rey está donde está. La corona es una carga muy pesada y es un gran deber llevarla hasta el final. Sólo como excepción, los reyes pueden dejar en vida la corona. Y el Papa es, pues, un rey. ¿Qué excepción más grande pudo haber hecho que el Papa no devuelva con su último aliento la tiara?

Desconcierto y preocupación, eso sentí después. Al Sumo Pontífice las fuerzas físicas y espirituales no lo acompañaban más. Las sentía decrecer. No se hallaba apto para seguir llevando a buen puerto la barca de San Pedro. Esa era la razón de su alejamiento, dicho por él mismo. Entiendo lo del languidecimiento físico. Si a mí me pesan mis 48 años, cómo no le van a pesar a alguien sus 86. No fue eso lo que me desconcertó. Sí lo hizo el que le fallara el espíritu. Porque, después de todo, si al Papa le falla el espíritu, qué puede esperar cualquiera de nosotros para los que, católicos o no, es un ejemplo de fuerza espiritual. Y así, casi instintivamente, sentí una preocupación profunda por el terrible simbolismo de un crack del espíritu en el bastión mismo del espíritu que, después de todo, eso representa la Iglesia.

Con los días, sin embargo, fue haciéndose evidente el verdadero malestar del Papa. Habló de una hipocresía religiosa. De ambiciones que deforman la cara de la Iglesia. También de poner fin a las divisiones en su seno. Se supo luego por la prensa italiana que al Papa le habría causado honda conmoción enterarse, en diciembre pasado, de una subterránea oposición en la curia vaticana a una serie de medidas suyas dirigidas a promover la transparencia. Lo cierto es que la renuncia ha ido cobrando sentido. Uno muy profundo. El del ejemplo.

El Papa abandona el mundo para estar más cerca del cielo. Ese parece ser el mensaje para la Iglesia. Sólo el desprendimiento del Papa de todos sus poderes podía causar la conmoción necesaria para un nuevo rumbo en la Iglesia. Ciertamente la ha causado. Renunciar no era, entonces, desfallecer. Todo lo contrario. Era, finalmente, cumplir con su deber más allá de toda tradición milenaria. Benedicto XVI lo ha hecho con creces.


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