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Opinión

La MUD (Mesa de Unidad Democrática) es un frente político venezolano (2008) iniciado por Acción Democrática (AD) y COPEI (socialcristiano) para enfrentar al chavismo. Luego ingresó el resto de la oposición. La MUD es un saco de gatos promovido por inteligencia cubana para mantener controlada a la oposición y para fingir democracia mientras se instalaba la dictadura. La gran obra de la MUD fue convencer al país de ser la sacrosanta unidad; y un paria el que no la aceptara. La permanente ineficacia política de la MUD fue recubierta con palabrería justificatoria que le permitió seguir monopolizando la oposición. Su candidato más conocido, Henrique Capriles, contuvo la protesta callejera, validó el fraude de Maduro (2013) y profitó del poder como gobernador. Leopoldo López, el único con un planteamiento efectivo, sigue preso. No son casualidades.

El triunfo en las elecciones parlamentarias (2015) pareció justificar la existencia de la MUD. Pero aun controlando tamaño poder, no cumplió las tareas centrales de denunciar la ocupación cubana, desestabilizar la dictadura, formar gobierno de transición y restaurar la democracia. El lastre —y no la vanguardia— guía a este frente. Esta columna señaló anteriormente “El error político de la unidad a ultranza” (abril, 2017).

Hace cuatro meses, el pueblo venezolano tomó las calles y la MUD se trepó a dirigir esa enorme fuerza hacia el desgaste. Por su parte, inteligencia cubana fabricó varias coartadas para acabar con la protesta. El fraude Constituyente se ha instalado y han convocado a elecciones regionales. Rompiendo la sacrosanta unidad de la MUD, Henry Ramos Allup (AD) aceptó participar, sediento de ganarse las treinta monedas de plata. No a la unidad, sí a la vanguardia que es el pueblo en la calle.


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