25.MAY Sábado, 2024
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Opinión

Existe una crispada indignación en los círculos de las élites locales sobre el abandono del que es víctima la oposición venezolana en su lucha contra el autoritarismo chavista por parte de los Estados democráticos, no ya de Latinoamérica, sino del mundo.

Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantes
Existe una crispada indignación en los círculos de las élites locales sobre el abandono del que es víctima la oposición venezolana en su lucha contra el autoritarismo chavista por parte de los Estados democráticos, no ya de Latinoamérica, sino del mundo. Porque, si bien es cierto tienen más o menos claro que en América Latina la tibieza o lavado de manos por parte de regímenes con libertades públicas y económicas impecables obedece a intereses de Estado, no se pueden explicar cómo esos intereses son lo suficientemente fuertes con la satrapía de Nicolás Maduro como para desentender a las grandes potencias del mundo libre del drama venezolano. Sienten estas élites, con arraigada convicción, que Estados Unidos, la Unión Europea y con ella Francia, Gran Bretaña o Alemania, por poner las principales, no hacen nada por la libertad y democracia en Venezuela.

La respuesta no les va a gustar. No es que los intereses de Estado de las grandes potencias liberal-democráticas jueguen a favor de un silencio cómplice con Nicolás Maduro y su pandilla de matones. Es precisamente todo lo contrario. Es porque Venezuela, en tanto Estado, carece de interés para el concierto de esas grandes potencias mundiales que a estas les importa un pito Venezuela con todo su petróleo incluido. Aun más. En realidad, lo que carece de interés para el mundo es Sudamérica.

Y la razón es muy simple. Sudamérica es un continente sin mucha importancia geopolítica en el gran juego del ajedrez internacional. Es un continente aislado de los grandes centros de poder donde se deciden los destinos del mundo. De ahí que el interés que suscite sea residual, casi el mismo que el África, excepción hecha de la cuenca mediterránea y la ruta del canal de Suez. Esto, por supuesto, hiere profundamente el orgullo sudamericano atravesando todas sus “fronteras ideológicas”. A nadie le gusta que le digan lo siento, no me importas.

Porque así como las élites de derecha daban por descontado que la causa de la libertad y la democracia venezolana debía ser objeto de atención mundial, quedando perplejas cuando esto no sucede; la izquierda también cree que el mundo se ocupa tanto de sus regímenes que alucina conspiraciones “imperialistas” por todos lados. No sólo se trata de la vieja táctica política de crearse grandes enemigos a fin de culparlos de todo, sino de terminar creyéndose el cuento de que esos grandes enemigos se ocupan de un enano. Lo hizo Chávez y lo hace hoy Maduro. Cuando lo cierto es que el señor Obama, de gira por México, está con todo el foco puesto en la crisis política ucraniana donde sí se juega un tira y afloja geopolítico mundial, que en la crisis venezolana, con diplomáticos expulsados y todo, donde para Estados Unidos no se juega nada de mucha relevancia.

El problema con izquierdas y derechas latinoamericanas es que son las únicas en el mundo que parecen no estar al tanto de que la Guerra Fría terminó hace más de veinte años. Que si existen “guerras” de poder mundial estas no son hoy “ideológicas”, como lo fueron comunismo y capitalismo en su hora. Y que si lo fueran con el tiempo no serán entre “izquierda” y “derecha” o “neoliberalismo” y “chavismo” o “socialismo del siglo XXI”.

El tipo de confrontación mundial se decide en los centros de poder mundial. Son éstos los que determinan el grado de importancia e interés de las luchas políticas. Desde las periferias no se imprime nada. Es por eso que a diferencia de las épocas de la Guerra Fría, la dictadura cubana –símbolo cochambroso de las izquierdas locales—no significa mucho para Estados Unidos sin la Unión Soviética, que no existe. Mucho menos la Venezuela chavista.

Esto hace que Sudamérica esté fuera de foco. Más que geopolíticamente, una desgracia intelectual cuando se busca contribuir a superar dolorosos dramas regionales.


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