29.FEB Jueves, 2024
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Opinión

Antes de irse en su ley, el Marqués de Valero de Palma dejó un documentado trabajo sobre el origen de la fiesta brava en el Perú.

Guillermo Niño de Guzmán,De Artes y Letras
Escritor

Hoy, a las tres y media de la tarde, sonará el clarín en Acho y se guardará un minuto de silencio a la memoria de José Carlos Valero de Palma, fallecido el domingo anterior en esa misma plaza. Cronista taurino y empresario gastronómico, periodista de la revista Caretas, el Marqués, como se le conocía, pasó los treinta y tres últimos años de su vida entre nosotros, entregado a una larga y documentada investigación sobre los orígenes de la fiesta brava en el Perú. Este libro, que esperamos pronto vea la luz, es su mejor legado y recibió el hermoso título de El toro que vino del mar.

En tiempos en que la lidia de toros es objeto de anatemas y su sola mención resulta políticamente incorrecta, vale la pena recordar que el Marqués no era un partidario recalcitrante de esta tradición y que, por el contrario, sostenía que la tauromaquia debía introducir cambios acordes con el espíritu de nuestra época (es decir, en favor del animal), lo que le granjeó los denuestos de los puristas.

Nacido en Valencia, este apasionado de los toros era una enciclopedia viva, pues había visto más de dos mil corridas desde los siete años. Cuando llegó al Perú en 1981, no tardó en darse cuenta de que la afición taurina no se reducía a Acho sino que estaba hondamente arraigada en todo el país, como lo corroboran la realización de más de 500 festejos cada año y la existencia de unas 120 plazas firmes. En su opinión, esto nos convertía en el público taurófilo más importante del mundo.

El marqués de Valero de Palma (título pontificio otorgado a su abuelo por el papa León XIII) también sobresalió como un precursor del “boom” gastronómico local. En los ochenta, su restaurante Sibaris no solo fue un ámbito de degustación de la mejor comida española sino un lugar de encuentro de políticos, empresarios y periodistas. Por desgracia, dos atentados terroristas con bombas lo obligaron a cerrar el establecimiento.

Lo conocimos durante esa época aciaga, en la redacción del semanario Oiga, adonde lo llevó el director, nuestro amigo común, Paco Igartua, y compartimos tribuna. Abogado de profesión, con una cultura que no se limitaba al toreo, el Marqués se destacaba por su natural bonhomía y la pasión con que defendía sus convicciones.

El revistero taurino murió en su ley, a los 80 años, mientras asistía en Acho al primer encierro de la Feria del Señor de los Milagros. Igual que un torero cogido en plena faena, fue auxiliado en la enfermería de la plaza que tanto amó. En los tendidos, los vítores de los aficionados se confundían con los improperios de los antitaurinos.


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