15.AGO Sábado, 2020
Lima
Última actualización 08:39 pm
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Opinión

Este gobierno empezó con toda la intención de retomar el proceso de crecimiento, destrabando los muchos proyectos que habían quedado prácticamente congelados durante el gobierno de Humala: proyectos de infraestructura cuya construcción generaría empleo directo y reactivaría también otros sectores, los cuales permitirían luego aumentar nuestra productividad.

Proyectos de agua y saneamiento que mejorarían de manera inmediata la calidad de vida y tendrían simultáneamente un impacto sobre salud y nutrición. Carreteras y caminos que, como ya se ha comprobado, acercan a los pueblos a servicios diversos, y también los enriquecen dándoles acceso a mercados que antes no tenían…

Pero algunos tal vez pecamos de optimistas y nos encontramos con que los problemas que debían ser relativamente fáciles de solucionar no lo eran, y que debajo de una traba sencilla había un nudo de mil hilos que era necesario desenredar: expropiaciones, e interferencias pendientes; expedientes técnicos por revisar; estudios por realizar o modificar; procedimientos interminables; autorizaciones por miles y resoluciones contradictorias; entre muchos otros problemas.

Y los funcionarios no logran avanzar. Ni siquiera aquellos que “no le deben nada a nadie” como para sentir temor. Incluso los que se sienten responsables por sacar adelante los proyectos encuentran que el esfuerzo es “cuesta arriba” porque, paradójicamente, la inercia de la negativa es una fuerza que ha sido capaz de frenar el ímpetu de quienes jurábamos que ahora si podrían sacarse adelante.

El Estado nunca ha sido demasiado ágil, pero también estamos pagando las cuentas de una descentralización mal hecha y de un periodo en que la consigna era decir que no.

¿Podremos convencernos de que esta vez necesitamos decir que sí al desarrollo?


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