04.AGO Martes, 2020
Lima
Última actualización 08:39 pm
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Opinión

Hace algunos años, la diplomacia estadounidense se enfrentó al gobierno de Singapur debido a la pena que este último había impuesto a un joven que había rociado diecinueve automóviles con pintura en spray. La condena era de cuatro años de prisión y… seis azotes con una vara, algo inaceptable en el mundo occidental.

Ante los esfuerzos por librar al joven del castigo físico, la respuesta fue que, en Singapur, frente a un mismo delito, el castigo no hacía diferencias a causa de la nacionalidad del delincuente. La única concesión que finalmente se hizo fue reducir el número de golpes de seis a cuatro.

Cabe destacar, a favor de los singapurenses, que la vara en cuestión ha sido previamente desinfectada y que el castigado recibe atención médica inmediata.
Hace algún tiempo, vi en Indonesia a un muchacho cruzar un óvalo por un lugar no permitido. En el centro del óvalo lo recibió un policía. Ante su indicación, el muchacho se echó boca abajo y, allí mismo, se puso a hacer planchas bajo la supervisión del policía.

En el Perú, la gente le pega a los policías. Las leyes y ordenanzas existen; las sanciones también, al menos en el papel porque, en la mayor parte de los delitos menores, nadie se ocupa de hacerlas cumplir y la sensación de impunidad se va enquistando.

Hasta ahora no sé de nadie sancionado por tocar la bocina simplemente porque le place hacerlo, así sea en la puerta de un hospital bajo una señal que pide silencio.

Hasta ahora no he sabido de nadie que haya tenido que pagar una multa por no recoger los excrementos de su perro.

Eso sí, todos los parques tienen letreros que indican la obligación de hacerlo e incluso informan el monto de la multa.

Sin que signifique aprobar la sanción, probablemente el joven castigado en Singapur no volverá a rociar autos con spray.


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