22.FEB Jueves, 2024
Lima
Última actualización 08:39 pm
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Opinión

“¿En qué momento volvimos a los 80? Nos hemos convertido en terroristas de nosotros mismos”.

Flotando en esta marea desmoralizante, donde una ola es peor que la otra, uno se pregunta qué de bueno tenemos los peruanos. Porque entre tanta porquería es natural que comencemos a envilecernos. Miren nomás cómo se degradan los amigos en las redes sociales, mientras los políticos actúan como pandilleros exaltados. ¿Cómo ve la situación, estimado?, pregunto en cada lugar en estos días. Y obtengo, en general, dos tipos de respuestas. Una, “este es un país insalvable, todos son corruptos”. La segunda, más bien cínica, “antes de que te atrasen, hay que entrarle a la cumbiamba”. Así parece cumplirse esta sentencia: de un país desmoralizado solo se debe esperar más confusión y aprovechamiento.

Es sábado en la mañana. Regreso de comprar el pan y encuentro el diario en la puerta. Lo abro sabiendo qué viene. Un gobierno sin fuerza para mover al país. Una mayoría congresal achorada, tomada por su propio cálculo político. Las otras organizaciones políticas enfrentadas en su interior, suicidándose en su nimiedad, cada vez más lejos del clamor popular. Un empresariado emplazado, aturdido, incapaz de diferenciarse de los delincuentes que usurpan su oficio. Unas instituciones civiles enredadas, confundidas, sin poder para sacudir a este sistema político idiotizado. Y un pueblo que descubre que el hartazgo es elástico y la frustración, un estado regular para sobrellevar. De esta forma, el Perú del sálvese-quién-pueda recobra brillo. ¿En qué momento volvimos a los ochenta? Nos hemos convertido en terroristas de nosotros mismos.

Pero cuando llego a la sección cultural del periódico, veo otro país. La Última Tarde y Rosa Chumbe demuestran que aún contamos con una sutil y rotunda capacidad de autocrítica. Liminal, de Diego Lama, sugiere que podemos encontrar en la obviedad de lo cotidiano nuestras saludables desviaciones si es que aprendemos a observarlas con rareza. El último libro de Enrique Planas, Demasiada Responsabilidad, nos lleva de la mano por una envidiable capacidad para encontrar sorpresas en nuestras modestas vidas, en una ciudad repleta de grietas y desplomes sociales. La exposición de Nicole Franchy le puso la lupa a nuestro imaginario social, nos hizo saber que la experiencia colectiva es, siempre, una interpretación en disputa. Y el Festival Minuto 90 nos salvó, desde la erudición deportiva, de las inercias de un hermoso deporte que ha sido tomado por corruptos y oportunistas. Etcétera.

Nuestros políticos y líderes de opinión vienen del pueblo pero van contra él. Nuestros artistas, en cambio, nos redimen de nuestra miseria cívico-política. Arrimados, a veces aislados, resisten la mediocridad dominante. Creando se sobreponen a las violencias ideológicas que nos atraviesan. Nos recuerdan que la única forma de revertir este caos es interpelándonos, trabajando duro y parejo, compartiendo nuevas ideas y acciones con estudiada esperanza.


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