23.FEB Viernes, 2024
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Opinión

“Es verdad que también me he encontrado con empleados deficientes, proveedores flojos y clientes mediocres”.

Quiero comenzar este año evocando a grandes peruanos, a esos personajes que casi nunca fallan e inspiran a los demás a salir adelante.

Pienso en Juan Grijalva. Supe de él cuando una amiga habló de un carpintero inusual, uno que entrega sus trabajos con puntualidad, que no recibe nuevos encargos si está tapado de chamba, que llama días antes si prevé que no va a llegar a tiempo. Ahora mis amigos también lo recomiendan. Su servicio ya no es barato porque es muy demandado, pero sus clientes igual hacemos cola con gusto. Pienso en Johnny, el incansable vendedor del kiosco del Óvalo Gutiérrez. Es una de las figuras infaltables de la zona. Siempre atento y amable con los vecinos. Siempre contagiando un bien escaso: el buen humor.

Pienso en Don Simón. También lo conocí por recomendación. Para mí es como el médico, lo convoco una vez al año para que revise toda la gasfitería de mi casa. Su familia dice que es renegón y es verdad. Reniega cuando ve la chamba de otros gasfiteros que usan materiales baratos y realizan reparaciones precarias o improvisadas. Como Grijalva, luce una impecable deontología que pocos postgraduados pueden rendir. Pienso en Luisa Áybar, la señora que me capacitó para cambiarle los pañales a mis hijos y bañarlos ni bien salidos de la clínica. A ella le debemos una buena parte del buen crecimiento de mis hijos. Siempre hablamos por teléfono en fiestas y me alegra saber que en cada hogar en el que ella participa, sus empleadores valoran su trabajo superlativamente.

Pienso en Don Abel y su guardianía tan paternal. Nos conocemos casi veinte años y la confianza y la seguridad que siempre trasmite han hecho que su papel en cada vecindario se haya vuelto insustituible. Pienso en Silvestre y Baldo. Son parte del equipo de soporte de mi consultora. Juntos funcionan como un reloj, por eso casi nunca tenemos problemas logísticos ni de conserjería. Nuestro centro es ordenado –y nuestro edificio impecable– gracias a su atención y laboriosidad. Ellos saben que nosotros sabemos que no hay actor sin tramoyista.

Es verdad que también me he encontrado con empleados deficientes, proveedores flojos y clientes mediocres, pero, felizmente, han sido una minoría. No es que yo tenga suerte, en el país abundan buenos trabajadores. Todos ellos representan una ética del trabajo que se inspira en una vocación de progreso que viene de tiempo atrás, del campo a la ciudad y antes del “crecimiento”.

Pienso en muchos más trabajadores por homenajear (Charo, Herminia, Esteban, Balvina, ¡les debo unas líneas!) pero este espacio no me alcanza. Por ahora me basta con que nuestros lectores reciban estos amuletos contra el pesimismo y la mala onda. Buen 2017.


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