22.MAY Miércoles, 2024
Lima
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Opinión

Meterse de extra en una vieja película de Semana Santa. A eso se parece esto de sumergirse en el frenesí del zoco de Marrakech. Encantadores de cobras y músicos nómades del Sahara, vendedores de té de jengibre y calígrafos que te escriben indescifrables profecías en la piel.

Beto Ortiz,Pandemonio
bortiz@peru21.com

He venido a Marruecos a lo mismo a que vinieron Bowles y Capote y Williams y Burroughs y Ginsberg y Gide y Genet. ¿Qué puedo yo, pintoresco pigmeo sudamericano, tener en común con semejantes colosos inmortales? Me les parezco en una sola cosa: en que tampoco he venido hasta Marruecos a escribir. Montañas de frutas relucientes me rodean: altísimas cordilleras de naranjas desde cuyas cumbres unos jóvenes tuareg te ofrecen el zumo recién exprimido entre guiños ambiguos, besos volados y palabras dichas sin ton ni son en el primer idioma que les viene a la cabeza. Un mercader de pañuelos me ha interceptado de pronto y, sin más bandera que su sonrisa desdentada, se ha puesto a hacerme un turbante que me tapa la cara dejando apenas al descubierto mis ojos de beduino miope. Le pago unos treinta dirhams sin chistar y continúo mi camino. De modo que esto es el África, por fin. Todos los ocres posibles, todos los rojos del mundo en los puntiagudos montículos de curry que se elevan hasta los tres metros de altura. Cerros de damascos, dátiles, aceitunas y almendras que procedo a probar cuidando siempre de llevármelos a la boca con la mano derecha, que es la única mano con que debemos comer, jamás la izquierda, que es la misma mano que empleas para limpiarte. Y mientras tanto, en las montañas del Alto Atlas que se divisan no muy lejos de aquí, ya han de estar encendiendo la leña para el almuerzo las mismas mujeres berber que tejieron a mano esta alfombra suntuosa que ahora cargo contento sobre mis hombros como si fuera el cuerpo de un león recién cazado.

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Dos de la madrugada. Una música de odaliscas asciende hasta mi cuarto desde el festín que se ha armado en el patio del riad, tricentenaria casa de huéspedes en el corazón de la medina, la antigua ciudad que palpita aún tras las rojas murallas de arcilla. Allí están otra vez esas melodías envolventes como sedas. Allí, todas esas mujeres de rostros cubiertos y ojos inmensos, esos hombres que, envueltos en túnicas blancas, danzan sobre sus divertidísimas babuchas amarillas. ¿Cómo hacen para alcanzar tan elevados niveles de alegría si solamente se permiten beber té? Alcohol no, alcohol jamás. Ni siquiera en el desodorante. Los envidio. Ni varias botellas de champán al hilo me proporcionarían la cuarta parte de la felicidad que estos morocos derrochan blandiendo radiantes sus teteritas de plata. Pero ahora sólo escucho la respiración del que duerme a mi costado y el murmullo de las olas. Allá abajo, en el boulevard de la Corniche, el rumoroso mar de Casablanca ronronea como un gato consentido. Hundo la cara en la almohada palabra árabe: almuhádda y dejo que todo se impregne de este silencio salvaje de címbalos y corazones en suspenso. Los sentidos todavía embotados por el latido incesante de los tambores de la noche, la humareda del sándalo, el perfume incomprensible del almizcle.

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“Y su trono se construirá sobre las olas..” -dice un versículo del Corán. Y fue allí que su majestad, el metrosexual Hassan II, decidió construir su impresionante la segunda mezquita más grande del mundo, justo en el medio de Casablanca, en un apacible paseo marítimo que muy bien podría confundirse con la Rambla de Montevideo, con el Malecón de la Habana, o con el de La Punta, sin ir más lejos. Pero mejor no nos hagamos ilusiones, Casablanca (o, simplemente, “Casa” para los locales) no es Tánger, Essaouira, ni Fez, ni mucho menos. Es una ciudad más bien plúmbea, algo ostentosa de su presunta bonanza, aburridamente occidental. Y si tenemos presente que la mítica película de Bogart y Bergman tampoco fue filmada aquí, será más fácil hacerse a la idea de que el único sitio que valdrá la pena visitar será este templo desmesurado, desde cuya torre de doscientos metros de altura se llama a los fieles a oración mezclando cánticos de al-adhán con rayos láser que apuntan directamente hacia La Meca. Imposible no sentirnos empequeñecidos y hasta culposos al despojarnos de nuestras zapatillas terrenales en la ominosa puerta de esta alucinación de mármol que costó quinientos millones de euros al país y ocho largos años de trabajos a trece mil exangües obreros marroquíes. Mujeres y varones han de separarse también a la hora de rezar. Como esta es la única mezquita del mundo en la que los independientes somos bienvenidos, nos deslizamos hacia dentro, siguiendo el rastro de esta peregrinación de hombres y niños cuidando de no emitir juicios, en estricto recogimiento y obediencia proverbial. Bajamos todos por unas graderías hasta los sótanos que, más que oratorios son, más bien, el hammam, los lavatorios en los que se da inicio a la parte primera y fundamental del rito: las abluciones. Lavad primero, alabad después. No se puede saludar a Dios con las manos sucias ni caminar por su morada con la mugre adherida a las plantas de los pies. Muchísimo menos llevando a cuestas los hediondos despojos que hemos acumulado a lo largo del día en el intestino grueso, de modo que la primera parte de la ceremonia consistirá en acuclillarse contritos en el profano silo. Una vez completado ese trámite obligatorio, con una humildad que sobrecoge, grandes y pequeños se sientan como hijos en banquitos de madera al pie de una larga hilera de prosaicos grifos desde donde el agua brota sin cesar. Allí lavamos nuestros ojos de todas las suciedades que hemos visto, nuestras orejas de toda la maldad que hemos oído, nuestras narices de todo el hedor que hemos aspirado, nuestras bocas de todas las crueldades que hemos dicho.

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Viajar en tren ha de ser la mejor manera de evitar la vida. Vagón de primera clase. Servicio expreso a Marrakech. Mediodía. Cavilar, leer o dormitar a través de las horas mientras transcurre la existencia sin rozarte, mientras el mundo es perfecto porque es borroso e improbable. Y de rato en rato, un toro, una estación fantasma, un tractor, una mansión insólita en mitad de la nada. Sentado justo frente a mí con el i-pod puesto, un muchacho egipicio de porte severo, muy intrigado por descifrar quién sabe qué, bebe, ceremonioso, su té de mandrágora y me observa con suma atención, con inquietante extrañeza. Hermosas y muy largas sus pestañas de camello mientras repasa su lección de geometría plana: teorema de Euclides, si la memoria no me falla. Se llama Essaid, pero eso yo lo ignoro pues no domino el árabe ni el francés. Lo único que está claro aquí es que no vamos a poder decirnos nada. El sol magrebí me sonríe por todo lo alto, se derrama obsceno y feliz como si fuera una yema de huevo. Dentro de los vagones reina un resplandor extraño: incandesce el rotundo verde de los campos que se despliegan a ambos lados como un manto generoso. Essaid mira su reloj, termina su té, cierra su cuaderno y se pone de pie, entre ansioso y sombrío, acaso resignado a una crudelísima verdad: no volverá a verme nunca más. Esboza apenas una tímida sonrisa mientras lo ayudo a bajar su pesado morral de soldado en la estación de Gare du Berrechid, tras cuyos andenes, efectivamente, desaparece de mi vida para siempre. ¿Y ahora? Fuerza, Essaid, sobrevivirás. Que te llueva finito. Que un viento terco hinche tus velas. Por el altavoz se repiten recomendaciones de seguridad en todos los idiomas, menos en el mío. Como un animal cansado que se despereza hasta hacer crujir sus huesos, el tren se estremece y bufa y vuelve a partir. Y de repente, el minarete de una mezquita intentando elevarse hasta esa última palabra que, religiosamente, exclaman todos los hombres bomba cuando les falta solo un segundo para estallar: Alá.


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