25.SEP Martes, 2018
Lima
Última actualización 02:09 pm
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Opinión

Presentar libros ajenos en la Feria del Libro no es escribir. Recibir de regalo 25 novedades editoriales al mismo tiempo no es escribir. Tratar de leer 25 novedades editoriales al mismo tiempo no es escribir. Comprar otras 25 novedades editoriales en la Feria y arrumarlas en tu mesa de noche no es escribir. Recomendar nuevas novelas no es escribir. Responderle que no a tu viejo editor que te llama para preguntarte si estás escribiendo no es escribir. Entrevistar escritores en tu programa no es escribir. Presentar reportajes sobre periodistas que publican su primer libro no es escribir. Salir a almorzar con escritores no es escribir. Salir a chupar con escritores no es escribir. Escribir es escribir.

“Tienes que conocer a este escritor. Lo vas a amar. Se parece un montón a ti” –rezaba el sorpresivo mensaje de Whatsapp que, después de años de silencio, me envió la escritora María Luisa del Río, integrante del selecto grupo de amigos que siempre se me desaparece durante años cuando se empareja. El escritor supuestamente igual a mí se llama David Caleb, poeta pansexual y boricua que vino invitado a la Feria del Libro a participar de un aquelarre llamado La Mesa Gay Combativa o algo así. No sé por qué, pero siempre termino haciéndole caso a María Luisa, así que, al otro día, le mandé al poeta boricua y pansexual el desayuno al cuarto, sin conocerlo siquiera. Así soy yo de impredecible y misterioso, saquen su línea, figúrense lo demás. Total –dije yo– si es igualito a mí, le tiene que gustar que lo engrían y le lleven el desayuno al cuarto. Le gustó, claro. Me escribió: “Gracias por el desayuno.

Estuvo muy rico y el chico que me lo llevó también”. Mmm, eso último no estaba en el menú. El chico que le llevó el desayuno es amigo mío y para proteger su identidad, aquí lo llamaremos Alejandro, porque es así como se llama.

Alejandro terminó de anfitrión accidental de la Feria del Libro porque a todos los autores los alojaron en su hotel. Que alguien se parezca un montón a mí es suficiente razón para no querer conocerlo siquiera, porque los gordos pelados no son precisamente mi target, pero qué sé yo, me dio curiosidad, así que fui a buscar al pansexual, boricua y poeta a la salida del evento. Lo ubicaría guiándome por una foto que me mandó al celular. No era gordo ni pelado. Era joven, barbado y más bien tirando para hipster con arete y gorrita. Nos encontramos mientras me libraba del tumulto de la presentación del libro del hijo de Pablo Escobar, al que entrevisté frente a un rugiente millar de obvios suscriptores de Netflix. Salimos juntos a la calle, interceptados cada cierto tramo por súbitas señoras que se me abalanzaban inexplicablemente como si yo fuera Justin Bieber y ellas, unas adolescentes tiernas. Sin entender mucho lo que pasaba, el boricua poeta y pansexual se subió a mi carro. El cuidador del auto vino a cobrarme y yo no tenía sencillo, así que, sin conocerlo todavía, le expliqué la situación al pansexual poeta y boricua, y le piqué un par de luquitas. Nunca hagan eso.

En el trayecto hacia su hotel intercambiamos generales de ley: qué onda, qué tal todo, a qué te dedicas y quién eres tú. Llegamos. Subimos las gradas de mármol por la alfombra roja. Entramos juntos al baño porque peruano nunca mea solo. Y porque peruano nunca chupa solo, entramos juntos al bar inglés del Country. En el bar inglés, obviamente, estaba Alfredo Bryce Echenique solito, tomándose su versión personal del Negroni que lleva vodka en lugar de gin.

Entrar al Country y encontrarse a Bryce con su Negroni es como entrar a The Carlyle en Nueva York y encontrarse a Woody Allen con su clarinete. Un memorable golpe de suerte. Huevón, ¿sabes quién es? ¡Cómo no voy a saber! ¡Es Bryce! ¿Vamos? ¡Vamos! Corrimos hacia él como si fuera Justin Bieber y nosotras, unas adolescentes tiernas. Nos sentamos a su mesa, con pana, como si él hubiera estado esperando que llegáramos. Yo pedí un gin tonic y el boricua pansexual y poeta, casi disculpándose por lo mariquita de su elección, pidió una manzanilla porque le estaba doliendo mucho la barriga. Fue entonces que Bryce habló. Y cuando Bryce habla, los demás guardamos silencio, escuchamos contritos y, de rato en rato, aplaudimos. En serio: cuando Bryce habla, no hace falta que nadie más agregue nada. Una hora más tarde, mortificado por sus retortijones in crescendo, David Caleb se excusó y se marchó sin que él y yo llegáramos a hablar acerca de nada.

Las horas pasaron deliciosamente y el bar quedó vacío sin que nos diéramos mucha cuenta. Gracioso recordar cómo, hace unos 25 años, la primera vez que lo vi en persona –de lejitos, en un restorán de Barranco, sin atreverme a acercármele siquiera– escribí una columna deslumbrada que se llamó, precisamente, Bryce to meet you. Ahora, en cambio, lo tenía allí para mí solito. Era como uno de esos lonches que sortean las radios para que los fans conozcan a sus rockstars. Podía preguntarle todo lo que siempre le había querido preguntar. Es una verdadera lástima que no pueda aquí vulnerar el off the record y contarles todo lo que, esa noche de domingo, Alfredo me contó. Alfredo Bryce o el raje limeño considerado como una de las bellas artes. “Yo iba a presentarme esta semana en la Feria, pero me parece que no se va a poder” –me dijo, no sin cierta tristeza, dándole el último sorbo a su antepenúltimo Negroni – “se supone que Daniel Titinger –que está escribiendo un libro sobre mí– me tenía que entrevistar, pero parece que le ha salido un viaje inesperado y creo que vamos a tener que cancelar”. Aquello fue música celestial para mis oídos. Era la típica oportunidad de oro para el actor de reparto que se sabe todita la letra de la obra y que vive esperando que a alguno de los divos se le tuerza un tobillo para entrar en escena. Levanté la mano como cuando, en el colegio, me sabía la respuesta antes que todos y dije: ¡te entrevisto yo! Eso sería magnífico– me dijo. Y llamamos, en el acto, a su editor Germán Coronado para sellar el pacto y nos pedimos el último trago. A las dos de la mañana, lo fui a dejar a la puerta de su casa y nos despedimos con un abrazo. Al bajarse, sin darse cuenta, me dejó en el piso del carro la tapita del taco de su zapato. La he mandado enmarcar. Le he puesto un marquito de pan de oro, por supuesto. Ahora es un cuadrito y lo tengo colgado en mi sala. No es cualquier tapita de cualquier taco de cualquier zapato, no. Es la tapita del taco del zapato del extraordinario, inmenso, inimitable Alfredo Bryce.


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