22.JUL Lunes, 2024
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Opinión

“El gobierno siempre pensó que tenía que llegar al final sin perder una sola ficha y terminó perdiendo todas las partidas que jugó”.

Comunicador

El gran maestro ajedrecista Ludek Pachman ha escrito en uno de sus tratados sobre este deporte olímpico que “cada jugador de ajedrez imprime a sus partidas ciertos elementos de su personal estilo de juego. No es solo el conjunto de conocimientos ajedrecísticos y puntos de vista; es en parte la expresión de su carácter”.

Por extensión diremos que, por las partidas que desarrolla un ajedrecista, podemos llegar a conocer su personalidad. En cada movimiento y en cada lance, se plasma su estilo personal. Por ello, el ajedrez es uno de los deportes que más se ha asociado y asocia con la política. Para ganar se requiere experiencia, una estrategia, conocer al oponente para saber cómo jugará, capacidad para aprender de los propios errores y, sobre todo, conciencia de que a veces hay que retroceder para avanzar.

Si vemos, bajo los criterios de Pachman, al actual gobierno y analizamos su comportamiento político, tendremos que concordar que, en efecto, juega mal, pero, sobre todo, no entiende el valor de las piezas sobre el tablero de la política nacional.

En casi todas las iniciativas patrocinadas por él, la derrota parece siempre la conclusión final. Es increíble como cada vez que se pone detrás de una causa esta fracasa. Allí están Conga, el proyecto de ley de servicio militar obligatorio, la afiliación de los independientes a las AFP, la ‘ley Pulpín’, etc., etc., etc. En todos los casos no hubo estrategia ni aliados ni entendimiento de la importancia de negociar. El gobierno siempre pensó que tenía que llegar al final sin perder una sola ficha y terminó perdiendo todas las partidas que jugó de esa manera.

Hoy intenta imponer un diálogo hechizo, fotogénico y absolutamente irrelevante. Pretende trasladar el debate político del Congreso –donde su bancada es la única que no tiene lista de futuros adherentes, sino creciente, pero sí de renunciantes– a Palacio. Llama desesperadamente a las “fuerzas vivas” para llenar los salones. Le importa el titular y las portadas del lunes, nada más. Todo para salir del apanado que se ha ganado con todo derecho y por incapacidad propia.

Como mal jugador que es, no entiende que un ministro es como un peón sobre el tablero de ajedrez; está allí para sacrificarlo en función del objetivo, que es terminar la partida. Un Cateriano, un Urresti y un Figallo no valen políticamente juntos una Jara. Pero Nadine y Ollanta, tercos como ellos solos, están dispuestos otra vez a perder hasta esa pieza fundamental, quizá porque en el fondo tampoco quieren a su alfil.


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