17.ENE Miércoles, 2018
Lima
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Opinión

La dinámica de las sociedades y los países, al igual que la de cada uno de nosotros, suele estar cargada de objetivos, frustraciones, logros y contradicciones.

Entendamos al Estado, básicamente, como una sociedad jurídica y políticamente organizada con centros de poder y un territorio soberano. Así evitamos confundir conceptos, equiparando al gobierno de turno y su administración con el Estado.

En el Perú de 2017, millones continúan viviendo sin agua y desagüe en sus casas (miles de los cuales no son considerados pobres para la estadística oficial); abunda la informalidad (trasciende al ámbito laboral); altos índices de anemia infantil (43.6% de niños entre 6 y 35 meses al año 2016, según INEI); ineficiente sistema de administración de justicia; extendida violencia sexual (OMS), así como profunda ignorancia histórica y política (adultos –incluyendo estudiantes universitarios– no saben quién es Abimael Guzmán o qué es la Constitución).

Por otro lado, estos primeros años del s. XXI también evidencian gran crecimiento de nuestra economía (PBI per cápita se triplicó), la pobreza se redujo considerablemente (54.8% en 2001 al 20.7% actual, según lNEI); la llegada de turistas al país ha crecido sostenidamente (el celebrado medio millón de 1995 se multiplicó. Hoy superamos los 3.7 millones al año, con tendencia creciente, de acuerdo al Mincetur); cuatro elecciones generales consecutivas sin el asalto de dictaduras (hecho sin precedentes en nuestra República); centenares de científicos que hoy encuentran en el país oportunidades impensadas hace algunas décadas, así como notables avances en coberturas de vacunación.

Entre grandes contrastes, cabe preguntarse sobre la responsabilidad ciudadana, y particularmente la de ese sector afortunado que algunos califican como élites y otros llaman NSE A-B. ¿Qué responsabilidad tiene el “sector alto” en nuestros éxitos y, sobre todo, en nuestros fracasos como sociedad? Ese grupo en el que encontramos buenos abogados que enseñan derecho con esmero en alguna prestigiosa facultad, pero también alientan coimas a jueces; arquitectos que promueven espacios públicos, pero diseñan departamentos sin respetar las normas de edificación; médicos con formación de nivel mundial, que parecen promotores de laboratorios y marcas de medicamentos, antes que profesionales de la salud; así como exitosos y honestos empresarios que desaniman el crecimiento profesional de sus talentosas esposas.

Por otro lado, solemos quejarnos –con potentes razones– de los políticos, sin reparar en que somos los que los elegimos con nuestros votos, mientras reiteramos repudio a la función pública, alimentando ese círculo vicioso que aleja a excelentes profesionales del trabajo gubernamental.

Ni el guano o el salitre en el s. XIX; ni el caucho, azúcar de caña y harina de pescado en el s. XX; ni el boom de los minerales de las últimas décadas, ha sido, es o será más importante que nuestro capital humano para continuar desarrollando como país.

Feliz 28, estimados lectores. Un año más en democracia es para celebrar.


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