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Opinión

En estos días contamos con un interesante debate acerca del perfil de la “clase media” y su papel en el desarrollo nacional.

Sandro Venturo Schultz,Punto de vista
Sociólogo y comunicador

En estos días contamos con un interesante debate acerca del perfil de la “clase media” y su papel en el desarrollo nacional. Es sintomático que el debate haya sido planteado por las empresas de investigación de mercados y los organismos internacionales, y no por las ciencias sociales peruanas. Desde hace algún tiempo, un importante sector de la academia se muestra rezagado respecto al devenir de la opinión pública, mientras las novedades parecen girar en torno a los actores que están marcando, para bien o para mal, el curso de nuestra perturbada sociedad.

Hace unos meses, en un congreso de sociología en Arequipa, pregunté a los estudiantes dónde se veían trabajando luego de abandonar las aulas de la Universidad San Agustín.

Casi todos levantaron la mano expresando su preferencia por las empresas, muy pocos se imaginaron en el Estado y las ONG, y ninguno se decidió por la universidad.

El coordinador de la escuela de sociología, José Luis Ramos, interpelado, hizo una aguda reflexión acerca de la desconexión entre los alumnos y sus maestros, destacando el dramático contraste entre estas dos generaciones.

A diferencia de la valiente reacción de José Luis, hoy me llama la atención cómo una buena parte de los científicos sociales no puede identificar su propio desfase. En vez de dialogar con los investigadores (sociales) del mercado, se sienten amenazados por ellos, sino no descalificarían a los “arellanos” y los “torres”, reclamando para sí el monopolio del saber, ni los subestimarían en vez de atender sus aportes y las metodologías con las que trabajan.

Ciertamente no todos están incómodos. Los politólogos más jóvenes vienen subrayando brechas fundamentales: la sostenibilidad del actual crecimiento peligra si la institucionalidad política sigue siendo precaria; y la emergencia de las nuevas clases medias, o eso que se les parece, no significa mucho para el país mientras el ejercicio de la democracia continúe tan subdesarrollado como lo fue con las anteriores e ilustradas clases medias.

Para comprender a una sociedad inquieta como la nuestra, se requiere de una academia conectada con la vida, menos narcisista y complaciente, capaz de ofrecer cuestionamientos que incomoden a una opinión pública naturalmente triunfalista después de tantas décadas de depresión y orfandad. Mientras tanto, carecemos de contrapeso ante la eufórica prensa de nuestros días.


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