20.ABR Sábado, 2019
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Opinión

La lista de rasgos de personalidad que los cazadores de talento buscan en sus potenciales presas, que terminan, luego de diferentes filtros, trabajando en las empresas más importantes, es larga. Entre los más importantes: variantes de asertividad, confianza en sí mismo, ambición, seguridad. Es lo que también buscamos promover y reforzar en nuestros hijos, alumnos y estudiantes.
¿Y la humildad?

Probablemente ha quedado relegada a los sermones religiosos. Quizá porque todos los discursos ligados a lo divino nos ponen frente a entidades y misterios ante los cuales no cabe ninguna de las palabras que aparecen en el primer párrafo.

La ignorancia parece cosa del pasado. El mundo virtual está lleno de datos. Creemos que son respuestas y tenemos la ilusión de sabiduría inagotable, lo que se convierte en arrogancia. Sobrestimamos nuestro poder y conocimiento, nuestra importancia. Si algo sale bien, es por nosotros; si sale mal, son las circunstancias.

La humildad, sin embargo, permite una acción más sostenible y poderosa: permite identificar a los que saben más y aprender de ellos, sin asustarse; aceptar limitaciones para poder compensarlas; pensar que nuestras soluciones pueden tener alternativas más eficaces y eficientes; que nuestras percepciones están sesgadas y buscar otras perspectivas; que la razón y la jerarquía no siempre van juntas; que la viga está en nuestro ojo, no en el ajeno.

Que se trate de la ciencia, la tecnología, la política o la empresa, la humildad —intelectual e interpersonal— está asociada a los logros extraordinarios, a los parteaguas trascendentes y a los proyectos más originales y creativos.

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