20.ABR Sábado, 2019
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Opinión

¿Medimos lo mismo cuando nos despertamos que cuando nos vamos a dormir en la noche?, ¿si tuvieras 7 días más de vida, te gustaría saberlo?, no son un inicio de clases convencional, que digamos. Pero, cuando ocurre, el debate se produce y, casi siempre, los alumnos descubren, confrontan y, quizá es lo más importante, se dan cuenta de que sus ideas sobre muchos de sus compañeros son bastante prejuiciosas.

Un profesor que lanza una incógnita o una provocación y luego deja que sus pupilos hagan el resto, con algunas intervenciones adicionales, no es lo común. Pero con un par de preguntas como las mencionadas, hay harto pan que rebanar por el lado de la física, la psicología, la filosofía, la ciudadanía y el ejercicio del debate, de pensar por uno mismo.

Es usual que los chicos sigan comentando los temas en el recreo y, cuando mayores, recuerden esos encuentros que ni siquiera recibirán el nombre de clases. Porque ese término y la realidad cuadrada —en el diseño espacial y la metodología— que denota están orientados a conseguir buenas notas en exámenes y otros instrumentos de medición educativa.

Algo así como “dime qué examen tienes y te diré qué tienes que saber”. Y a saberlo, conocer las respuestas a todas las probables preguntas que vendrán en las futuras pruebas, es que invertimos, en mi opinión perdemos, el tiempo de profesores y alumnos. El sistema educativo, no obstante las declaraciones sobre creatividad e innovación que producen las instituciones que se dedican a sacarlo adelante —¿o atrás?—, se parece cada vez más a un menú de preguntas y respuestas. O si se quiere ser algo más moderno, a una base de datos de exámenes resueltos.


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