20.ABR Sábado, 2019
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Opinión

Una madre preocupada por su hijo, el menor, de 15. Buen estudiante, presidente de la promoción, responsable. “Antes me contaba todo. Hasta ahora lo llamo mi bebito”, dice ella, “pero ahora se aleja, rehúye lo profundo y, sobre todo, me tiene loca con que le dé permiso para tomar. El otro día confesó dos sorbos de cerveza. Para su cumpleaños bromeó que esperaba un six pack y, muy serio, que en Año Nuevo no había manera de evitar el trago”, concluye.

Le comento que no es la actitud típica de un transgresor, que suena a que está tanteando, que las respuestas de ellos podrían ser más juguetonas y que, por último, dejar la pelota en su cancha y ver qué pasa puede ser lo más sano. “Total”, lanzo con intención irónica, “no es que esté hablando de tirarse en parapente”.

“Bueno, hace exactamente un año hizo caída libre desde un avión”, cuenta orgullosa, “claro, saltamos juntos, cada uno con su instructor” y me muestra un video.

La misma persona que puede aceptar que su hijo se deje caer desde el cielo no duerme pensando en los tragos —hasta ahora entre simbólicos y condicionados a su permiso— que podría tomar en una fiesta.

Poder, saber y placer están profundamente imbricados en crecer y alentar el crecimiento. Cada uno de ellos tiene sus peligros, sus tragedias y grandezas.

En pocos casos, debemos recorrer con nuestros hijos los recovecos donde anidan. En otros, podemos solo hasta cierto punto. Los hay que no admiten acompañamiento y ocurren en espacios opacos a nuestras miradas.

¿Angustia? ¡Claro que sí!, pero hay que distinguirlos y confiar en todo lo ocurrido entre las dos generaciones en la primera parte del camino.


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