23.MAY Jueves, 2024
Lima
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Opinión

Los opinólogos de siempre le ven todo tipo de defectos a la revocatoria, los que no veían mientras los revocados eran provincianos. ¿No es racismo acaso?

Mauricio Mulder, Pido la palabra
Congresista

Estamos a punto de cumplir dos años del ejercicio edilicio de Susana Villarán. Ese es un detalle que algunos quieren olvidar, como si recién estuviera comenzando, y señalan que hay muchas cosas por hacer y que Lima no puede parar.

A todos los que expresan sus simpatías por la alcaldesa de Lima les pregunto cuál es la obra visible más importante que en estos dos años se ha ejecutado. No saben qué responderme. Me hablan del plan de reordenamiento del tránsito, que de plan no ha pasado; del traslado de Santa Anita y… Silencio total. Al tomar conciencia de ello, los argumentos de su defensa derivan en que el proceso de revocatoria es muy complicado, que cuesta mucho, que desestabiliza al país, que afecta la gobernabilidad, que se aplique a los congresistas, etc.

Pero son ya dos años. La administración está pasmada. Simplemente no se ha hecho nada. No es que la basura esté en las calles o haya aumentado la delincuencia, sino que simplemente se vive de la rutina diaria de la administración, sin que se marque un elemento significativo de mejora evidente. La inercia burocrática es lo que hace que Lima no colapse.

No hay que olvidar que la Sra. Villarán señaló que iba a “revisar” todas las obras de la administración anterior, y que manifestó que todas ellas se hicieron en un marco de corrupción generalizado. Se opuso igualmente al Metropolitano, llamándolo “lentopolitano”. Pretendió impedir el funcionamiento del Tren Eléctrico señalando que su trazo representaba una “fractura” en la ciudad. Llegó al extremo de alentar una mesnada de gentes, en coordinación con una alcaldesa toledista del Cono Sur, para impedir, por la vía de la fuerza, la inauguración de una obra tan esencial que tenía como protagonista al expresidente García.

Se opuso al traslado de La Parada a Santa Anita señalando que la administración anterior no había terminado de adecuar la infraestructura para una mudanza total. Y cuando finalmente opta por hacerlo, se lava las manos, se va de Lima y pretende lavar culpas con la distancia. Aseguró también que no completaría el anillo vial de la Av. Universitaria y Venezuela, y que, igualmente, “revisaría” el túnel entre San Juan de Lurigancho y el Rímac, que a la fecha se encuentra paralizado.

Anunció y ejecutó, esa sí, su única y principal obra emblemática, su firma sobre el mapa de la ciudad: la playa La Herradura. El fiasco financiado por la misma empresa brasileña a la que acusó de prestarse a “agredir a la ciudad” cuando se anunció la construcción del Cristo del Morro Solar (¿recuerdan que dijo que lo trasladaría al VRAE?). El arenamiento artificial de La Herradura fue tan mal hecho que, como sabemos, en un solo día el mar se encargó de desnudar el fiasco.

De manera que cuando sus áulicos señalan que debe dejarse que siga “inaugurando obras”, la pregunta que surge es muy sencilla: ¿Cuál? ¿El repintado de verde de las escaleras que, como todo el mundo sabe, fueron hechas durante la gestión anterior? ¿La inútil peatonalización del jirón Ucayali? Nada que exhibir.

Ahora, los opinólogos de siempre le ven todo tipo de defectos a la revocatoria, los que no veían mientras los revocados eran provincianos. ¿No es racismo acaso?

Pero no importa. El pueblo, sobre todo los más pobres, ya tienen decidido su voto y lo van a ejercer.


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