22.MAY Miércoles, 2024
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Opinión

Ningún funcionario del JNE ni de la ONPE han militado jamás en un partido, pero véanlos cómo pregonan sobre ellos.

Mauricio Mulder, Pido la palabra
Congresista

Todo el mundo dice que los partidos políticos son esenciales para la democracia y que deben ser fortalecidos pues, hoy en día, presentan serios problemas de representatividad y de captación de nuevos cuadros dirigenciales. Pero, por lo general, quienes más enarbolan este tipo de conceptos son personas provenientes del mundo académico o intelectual que, o nunca han militado en un partido o, si lo han hecho, terminaron destruyéndolo, como sucedió con la mayoría de los partidos de izquierda que existieron hasta los años ochenta y cuyos integrantes se han reciclado como “analistas”.

Y fueron esas mismas personas que, encaramadas en influyentes puestos mediáticos durante los últimos 25 años, han ido cargándoles a los partidos todo tipo de restricciones e intervencionismos, al punto que hoy tenemos dos instituciones del Estado, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) y el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), disputándose como niños cuál de ellas interviene más en el interior de los partidos. Ambas les reclaman a los partidos su total rendición de cuentas financieras, la expedición y aprobación de sus reglamentos internos, el padrón completo de sus militantes, con una serie de requisitos técnicos específicos de su presentación inventados por sus burócratas de cuello y corbata. Les reclaman balances financieros cuatro veces al año, expedición y uso de formularios contables especiales, fiscalización de sus órganos electorales, etc.

Ningún funcionario del JNE ni de la ONPE ha militado jamás en un partido, pero véanlos cómo pregonan lo que creen que deben hacer los mismos. Lo que han logrado es armar una estructura tan burocrática de la representación política que, hoy, militar en un partido es casi como tener que ir a hacer trámites a un ministerio, todo un vía crucis.

Y la noria no se detiene. Hoy se extrañan de que en el Congreso no se elimine el pernicioso voto preferencial, pero ese mismo sistema fue alentado durante años contra los partidos y, lógicamente, hoy, la mayoría de congresistas se debe a él. ¿Qué querían? ¿Qué ellos mismos se cerraran su propio camino de acceso a una curul? El sistema actual de partidos es, hoy, lo que sus enemigos quisieron que fuera. Y pese a ello, se siguen quejando.

Y encima nos vienen con propuestas francamente delirantes y absurdas como las del distrito uninominal pequeño. Creen que somos Inglaterra, donde hay sólo tres partidos grandes. Creen que el congresista es un émulo del alcalde de un distrito y que, como sucede en los países donde se aplica esa fórmula, tiene iniciativa de gasto. ¿Qué otra cosa puede hacer un congresista de Lince o de Huaytará sino ver temas locales que son competencia del alcalde?

Ese tipo de propuestas delirantes hechas, como repito, por teóricos que nunca han militado en un partido son las que a lo largo de estos años han diseñado el actual Frankenstein político partidario del país. Lo increíble es que hoy nos dicen, además, “políticos… los de antes”, “esos sí daban la talla, no como ahora”. Pues claro, pero en esas épocas no había voto preferencial, el Estado no se metía en las elecciones internas con sus burócratas, había Senado, los congresistas tenían iniciativa de gasto, no existía el independentismo, no se permitían agrupaciones políticas de nivel distrital ni “listas independientes” de caciques políticos. Pero tampoco les gustaba.

Menos intervencionismo burocrático, menos independentismo sin compromiso, menos oportunismo tránsfuga, más militancia interna, más trayectoria, más experiencia. Y, sobre todo, que opinen los que saben.


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