13.JUN Jueves, 2024
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Madres peruanas: Coraje, sacrificio, paciencia y amor

Lo común en todas ellas es el gran amor que sientes por sus hijos, ese amor puro, cómplice, incondicional que siempre las impulsa a salir adelante.

Madres peruanas: Coraje, sacrificio, paciencia y amor. (Perú21)
Madres peruanas: Coraje, sacrificio, paciencia y amor. (Perú21)
Mariella Sausa

Mariella Sausa

Las madres peruanas son todas diferentes. Hay las valientes que luchan solas por sus hijos, las corajudas que superan todas las adversidades, las adolescentes que tienen un hijo antes de lo esperado, las que crían con amor aunque el niño no haya salido de su vientre y también las lesbianas que, pese a las trabas legales, ejercen con alegría y satisfacción su maternidad. Lo común en todas ellas es el gran amor que sientes por sus hijos, ese amor puro, cómplice, incondicional que siempre las impulsa a salir adelante.

El instinto de maternidad no tiene límites

El embarazo sorprendió a Lady a los 13 años y, aunque dudó, ahora es una mamá amorosa.

Lady no es su verdadero nombre, pero su historia sí es real. Con solo 14 años ya se convirtió en madre de una bebita, que tiene cinco meses de nacida. A los 13 años, como lo había hecho varias veces antes, Lady se escapó con su pareja, un muchacho a quien su mamá detestaba y que era un año menor que ella. Esta vez la travesura fue diferente: Lady regresó embarazada.

La joven escolar no llevaba una relación cordial con su madre. Ella era demasiado exigente y su precaria situación económica la obligaba a trabajar y dejar sola a su hija. Cuando se enteró de la gestación de la menor no hubo más alternativa. Lady tuvo que irse, no había dinero ni espacio para mantener una boca más.

Sin dinero, sin apoyo de su pareja, sin hogar y encinta, Lady llegó al albergue de madres adolescentes Cedetep y ahí su vida cambió. “Tuve que venir porque mi familia es pobre y no me podía tener; aunque los extraño, me siento bien acá. Además, tengo la oportunidad de estudiar”, comenta.

Lady cuida bien a su bebita. La carga, la mece y la mira con amor. Aunque a veces se arrepiente de haber tenido una niña, rápidamente se da ánimos porque sabe que el arrepentimiento no sirve de nada. A sus escasos 14 años su instinto de madre la hace actuar protegiendo a la menor.

“Lo más difícil para mí ha sido aprender a criar a mi bebé, no sabía cómo hacerlo y estoy aprendiendo. Pero cuando ella me abraza y se ríe es lo más bonito del mundo, me emociona”, cuenta Lady.

La joven tiene muchos planes. Quiere terminar la secundaria, estudiar contabilidad, tener una empresa y construir una casa para su mamá. Pero sobre todo, Lady quiere que a su hija no le falte nunca su amor.

Criar en una familia compuesta por dos mamás

Claudia es lesbiana y hace 15 años decidió, junto a su pareja, hacerse una inseminación artificial para ser madre.

Claudia Montalvo no es una madre común. Tiene 44 años y un hijo de 15. Es lesbiana y para poder concebir decidió, junto a su pareja, hace 15 años, hacerse una inseminación artificial con un donante anónimo. Quedó embarazada a la primera. Pero lo que diferencia a Claudia de otras mamás no es la forma de concebir o su orientación sexual, sino el cómo asume su maternidad.

“Yo busco que mi hijo sea independiente y que autoestima se fortalezca por un proceso interior. No encajo en el esquema maternal peruano de la mamá gallina. Cuando traté de asumir ese rol no fluía y no me comunicaba con mi hijo, y creo que la maternidad y la vida se basa en ser quien eres”, manifiesta.

Aunque actualmente Claudia no vive con Sebastián, porque se separó de su pareja hace dos años, mantiene una buena relación con él. “Una vez él me dijo que sentía que yo era su mamá-papá; tal vez nuestra relación va por ahí, pues soy yo quien lo anima a salir al mundo”, dice.

La maternidad de Claudia felizmente no ha tenido obstáculos graves, pues antes de tener a su hijo ella y su pareja ya habían construido una estructura familiar sólida. “Sebastián fue un niño cien por ciento deseado”, asegura.

Aunque los comentarios homofóbicos no han impactado la vida de Sebastián, el tema legal sí podría hacerlo. Claudia dio a luz y por ende tiene derecho sobre su hijo, pero en el caso de Carmen, su otra mamá, no es así. “Ella no puede ni adoptarlo. Él tiene su apellido porque su hermano fue quien lo firmó y legalmente es su padre, pero hay muchas restricciones para viajar o hasta para hacerle una cirugía”, refiere.

Claudia considera que ambas madres deberían tener el mismo derecho a ejercer su maternidad o adoptar. “Es una realidad que existe en el mundo”, enfatizó.

El amor de madre supera la furia de la naturaleza

Isabel Ccorahua Jayo aún tiene pesadillas por el huaico, pero una caricia borra todo mal recuerdo.

Su caso fue similar al de Evangelina Chamorro, pero de noche y sin cámaras o celulares que lo registraran. Isabel Ccorahua Jayo, de 33 años, fue arrasada por la masa de lodo y piedras que azotó Punta Hermosa, en marzo pasado, pero el amor por sus dos hijas, de 15 y 6 años, le dio la fuerza que necesitaba para superar la adversidad.

“El huaico me arrastró por tres kilómetros y aunque traté de salir no pude. Luché, pero ya no tenía fuerza. Cuando me di cuenta que ya no vería más sus caritas y que podían quedarse solas, una fuerza interior se apoderó de mí y no sé cómo lo hice, pero salí”, cuenta Isabel emocionada.

La vida de esta joven madre no ha sido nada fácil. Llegó a Lima desde Áncash hace siete años sin un sol en los bolsillos, pero con unas ganas enormes de luchar por sus niñas. Su vida en pareja no fue lo que ella esperaba, pues su marido la celaba y la golpeaba. “Yo no crecí con mis padres y quería que mis hijas tuvieran a su padre y su madre juntos, pero fue imposible. Lo eché de la casa, lo denuncié, pero él no se quería ir y en medio de sus borracheras un día intentó matarme”, cuenta.

Isabel no aguantó más, solo recogió a sus hijas y se fue lejos. En Lima, sin un techo, sin una profesión, pero con sus dos manos fuertes, trabajó en lo que fuese. Cuando tuvo la oportunidad compró un terreno en la Asociación de Vivienda Villa Navarra (Punta Hermosa), el cual ahora presume que ya tiene luz propia.

Y como si eso no fuera poco, Isabel fue afectada por el huaico. “Caí con todo. No sabía qué hacer. La masa de barro me empujaba y temía que mis hijas se avienten a rescatarme. Hasta ahora no sé cómo salí. Aún sueño que el agua me lleva, pero con mis hijas a mi lado todo mal recuerdo pasa y me siento feliz”, manifiesta.

El reto de criar sola a sus hijos

Ante el engaño de un hombre que además la maltrataba, Norma Llufire se convirtió en padre y madre de sus dos hijos.

Norma Llufire Llacta, de 32 años, no quiere recordar la dura vida que le tocó vivir. Ella tiene dos hijos a los que saca adelante sola. Aunque los dos son del mismo hombre, ella no tiene de él ningún tipo de ayuda y actualmente, a duras penas, se ha convertido en padre y madre de los dos menores.

Tuvo su primera hija a los 18 años en Apurímac, pero decidió criarla sola porque su pareja le pegaba. Aunque trató de arreglar las cosas con el padre de su niña y tuvo otro hijo, esto no resultó como Norma esperaba. Él la engañó, pues tenía otra familia y finalmente se fue con ella.

“Mis hijos sufrían porque él me lastimaba mucho. Pero después del engaño recién me di cuenta que esa situación les hacía daño. Yo metí la pata, así que no me quedaba otra que remediar las cosas, y decidí convertirme en padre y madre de mis niños”, asegura.

Como Norma no terminó su secundaria, ahora le es muy difícil encontrar un buen trabajo. Además, tiene un niño pequeño, de solo seis años, que después que sale del colegio no tiene con quién dejar. Por eso también le es difícil estudiar para conseguir un trabajo mejor.

“Hago de todo, lavo, plancho, cocino y busco trabajos de limpieza de medio tiempo para comer cada día y que a mis hijos no les falte nada. Los sábados y domingos trabajo todo el día y cada mañana es una búsqueda. Quiero que mis hijos sigan estudiando, les quiero dar una oportunidad”, manifiesta.

Su hija mayor, de 15 años, quiere ayudar a su mamá, pero Norma no lo permite. “Mi hija quiere ser arquitecta y yo quiero que pueda cumplir su sueño, pero a veces no tengo ni para sus pasajes. Pero no me hace falta un hombre para hacerlo, mientras tenga dos manos voy a seguir luchando. Mi sueño es encontrar un trabajo fijo”, nos dice.

Madre con el alma y con el corazón

Después de ocho inseminaciones fallidas y tres años de espera, Liliana Patricia Vargas tiene a su hijo y es feliz.

Recibió la noticia el 5 de mayo del año pasado. Rodrigo era el niño seleccionado para la familia de Liliana Patricia Vargas, una ingeniera química colombiana que vive en el Perú hace 10 años y que, pese a agotar todos los recursos de la ciencia médica, nunca pudo gestar.

Liliana y su esposo decidieron esperar un poco antes de encargar una familia. Empero, tres años después, cuando empezaron a barajar la opción de tener un bebé, se dieron cuenta de que algo pasaba. “Nos hicimos los chequeos y salieron unos problemitas, pero nada que no fuera superable con tratamiento. Los médicos nos daban muchas esperanzas, pero después de cinco años y ocho inseminaciones fallidas con una montaña rusa de mucho sufrimiento, dolor, expectativas, tristeza y desilusión, decidimos parar”, cuenta Liliana.

Sin poder ser madre, la colombiana se sentía una mujer incompleta. Por eso, tras un retiro espiritual, ella y su pareja decidieron adoptar. Se inscribieron en el registro de Inabif y siguieron todo el proceso para ser admitidos como padres adoptivos. Después de una ‘gestación’ de tres años, la espera llegó a su fin. Liliana estalló de felicidad.

El 8 de junio de 2016, la madre colombiana viajó a provincia para recibir a su hijo de tres años y 8 meses. “Cuando llegué y lo vi supe de inmediato que era mi hijo. El clic fue al instante. Es como cuando a las mamás les ponen a su hijo en el pecho cuando nace. Yo vi a Rodrigo y sentí lo mismo”, dice Liliana, quien se emociona al recordar ese episodio.

Casi un año después, Liliana es feliz. Los ojos le brillan cuando nos cuenta cada detalle de la vida de su hijo y cómo este imita todos sus gestos y hasta su acento colombiano. La felicidad rebosa en el hogar de Liliana, a tal punto que la familia evalúa la posibilidad de adoptar más niños.


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