22.MAY Miércoles, 2024
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Opinión

Cada día parecía el último. Lo cerrábamos con una ronda de llamadas telefónicas para comprobar que seguíamos vivos. A veces el aparato no respondía y debíamos inventar una excusa o fabricar una de esas estúpidas sonrisas que no engañan a nadie para calmar a quien nos estaba acompañando.

Guillermo Giacosa,Opina.21
ggiacosa@peru21.com

El compromiso político y social ardía en nosotros. Una vez que has visto la realidad, el espanto y el bochorno de la realidad, sólo reinventándote puedes volver a la indiferencia de la rutina cotidiana. Cuando los que amas, aquellos que egoísta y amorosamente llamas “los tuyos”, comienzan a desaparecer, las palabras caen en un aterrador vacío sin sentido, el mundo se vuelve más confuso, el tiempo se disloca, nuestra gestualidad desnuda impúdicamente el dolor interior. Todos, a pesar de ello, nos repartíamos las desvalorizadas palabras de esperanza, abrazos que nos asemejaban a náufragos que se asían a un árbol en medio de la correntada, gestos inconscientes que contenían un mensaje que nos dirigíamos a nosotros mismos y que encerraban la promesa del compromiso de seguir vivos. Éramos jóvenes, demasiado jóvenes, tiempo en el cual la vida, de tan viva y de tanto pretender perdurarse, duele hasta el tuétano. No éramos guerrilleros, solo nos preocupaba mejorar las condiciones de vida de nuestros hermanos más postergados. A eso los milicos, embrutecidos para poder colocarse exactamente en las antípodas de lo que nosotros sentíamos, lo llamaban “guerrilleros sin armas”, y en muchos casos le aplicaban las mismas respuestas que utilizaban contra aquellos que sí las portaron. Era el año 1976 y, en esos días, Jorge Videla velaba su arsenal para poder multiplicar por diez, por cien, por mil, el horror que ya vivíamos.


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