24.SEP Jueves, 2020
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Opinión

“Fidel acabó con la desigualdad, pues convirtió a todos los cubanos en pobres, con la notable excepción de él mismo y su círculo de poder”.

Ha muerto Fidel Castro. Y aunque no hay muerto malo, el legado de Fidel es desastroso para Cuba y América.

Cuando Fidel Castro derrocó a Fulgencio Batista en 1959, Cuba estaba entre los países con mayor ingreso per cápita en América Latina. El ingreso por habitante de la isla era tres veces el del Perú. Los cubanos tenían mayores ingresos por persona que los españoles, portugueses o italianos antes de la fatídica revolución. Hoy en día, el salario promedio mensual equivale a 20 dólares. Destartalados autos de los años 50 circulan por ciudades que se caen a pedazos. Un televisor o una licuadora en buen estado son lujos imposibles de alcanzar. Médicos y maestros pugnan por hacer cachuelos como taxistas y guías turísticos informales.

El socialismo de Fidel, que limitó la libertad individual y la economía de mercado, sumió a la población en la miseria. Cerca de un tercio de los cubanos han podido escapar de la cárcel de Fidel y viven fuera del país. Muchos sobreviven en Cuba gracias a las remesas que estos afortunados envían. Miles han perdido la vida en el intento de cruzar las 90 millas que separan a la isla de Florida.

Durante décadas, las dádivas de la Unión Soviética y Venezuela disfrazaron la absoluta debacle económica. Sin embargo, sabemos que el Tesoro cubano está quebrado. La deuda externa asciende a más de 31 mil millones de dólares equivalentes a 10 años de exportaciones. Desde el 2009, Cuba ha dejado de pagar su deuda, lo que le ha cerrado a la nación caribeña las puertas de nuevas fuentes de financiamiento.

Pero la revolución cubana no fue un accidente. Cuba era un país notoriamente desigual antes de 1959. Fidel acabó con la desigualdad, pues convirtió a todos los cubanos en pobres, con la notable excepción de él mismo y su círculo de poder. Según Forbes, el patrimonio personal de Castro asciende a 900 millones de euros. Fidel tenía mansiones y yates, cocineros y sirvientes, una mina de oro, y hasta una isla privada. Fidel, el revolucionario, vivía en el lujo y la opulencia, impávido ante la pobreza de su pueblo.

Fidel fue un dictador que no dudó en encarcelar y asesinar a sus opositores. Además, intentó exportar su revolución por las buenas, utilizando sus hipnóticos poderes sobre la izquierda latinoamericana, o por las malas, financiando actos terroristas como en Bolivia y Perú. Lo mejor para América Latina sería que nunca más haya otro Fidel.

Midas, el mítico rey de Frigia, convertía en oro todo lo que tocaba. Fidel Castro, el dictador de Cuba, convirtió en miseria todo lo que tocó. Descanse en paz.


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