08.MAY Sábado, 2021
Lima
Última actualización 08:39 pm
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Opinión

Faverón siempre quiso ser famoso. Parece que, finalmente, lo ha logrado.

No es un secreto para nadie que quien esto escribe lleva al sujetillo en cuestión prendido del escroto como un ácaro tenaz desde hace más de una década. Como conozco perfectamente el viejo truco de insultar a un famosito para convertirse rápidamente en uno, (y como yo también lo he usado, con éxito), he hecho lo mismo que sus supuestas acosadas: lo he dejado en “visto” durante años, lo he dejado que hable solo, nunca le he parado balón. (Habrás notado que te estoy ignorando). Todo el mundo –es decir: todo el malecón, desde Larcomar hasta Barranco– me ha preguntado por qué el fulano me odiará con tanta pasión y yo, la verdad, lo ignoro y, a estas alturas, ni siquiera me intriga. Había jurado no darle color jamás pero esta vez romperé mi juramento porque esta película está buenaza y no me la pierdo. Ni el laureado escriba Iván Thays templándose de la Mónica Cabrejos había logrado generar tantísima alharaca. La tentación es irresistible. Pero no por ello vamos a malgastar mi valioso Pandemonio en un mísero ajuste de cuentas personal, mejor hagamos algo más divertido. Aprovechemos la didáctica fábula del profe arriola para hablar de algo un poquito más chistoso: la moral limeña.

Ayer, en este mismo diario, pude leer a una amiga que adoro, María Luisa del Río opinando, desde Berlín, sobre el jeropa: “Faverón se ha metido conmigo en redes y medios, opinando caprichosamente sobre lo que él cree de mí. También ha ofendido a gente a la que quiero. (…) Sin embargo, es un defensor tenaz de libertades y causas que millones de nosotros compartimos y eso, haciendo el ego a un lado, se lo agradezco”. ¿Quiere eso decir que si una persona marchó contra la dictadura y marchó por la Unión Civil tiene derecho a decir que la mamá de uno es puta? A ver, pues, dejen ustedes el ego a un lado. Se los dejo de tarea para la casa. También convertido en abogado de oficio del afanador virtual, el estimado novelista Alonso Cueto ha dicho ayer en un comentario de Facebook: “Conozco a Gustavo Faverón hace mucho tiempo y me parece incapaz de hacer las cosas de las que se le acusan. Es un escritor y ensayista de primer nivel y espero que todo esto se aclare pronto”. O sea: si escribes buenos ensayos, es literalmente imposible que, al mismo tiempo, seas un predador sexual. Son dos cosas que jamás pueden ir juntas. Además: yo lo conozco y les digo que él no ha sido. Okey. Líneas arriba en el mismo post, mi buen amigo y admirado narrador Fernando Ampuero sostiene: “Faverón es un escritor distinguido y un intelectual de primer nivel”. Nuevamente: su presunta distinción lo vacuna contra cualquier posible sordidez, los numerosos libros de Bolaño que ha leído y fichado chanconamente lo salvan de ser un miserable. ¿En serio? Pero asuntos tan poco poéticos como “¡Quiero darte vuelta lo antes posibleee!” no se aclaran así nomás por más frases encomiásticas o “blurbs” literarios que consigas de los amigos prestigiosos a los que, con gran sentido de la oportunidad, te arrimas para salir en la fotito de la Bienal con Vargas Llosa. Todo indica pues que, en el fondo, ser –o, en este caso, alucinar ser– un cacherín pin pin en Lima no está tan mal visto, al fin y al cabo. Lo triste del asunto es que, entre tantas chicas guapas asediadas, la única que le aceptó la salidita fue Nadine. Aunque no somos pocos los que dudamos que las palaciegas ganancias logradas por el distinguido en aquel recordado ampay de “La Baguette” se hayan limitado al desinteresado juguito de mango que le invitaron.

Hagamos un simple ejercicio de imaginación. Supongamos que el autor de las masturbatorias prosas de baño público contenidas en esos ya famosos mensajillos de chat, (probablemente las únicas líneas memorables del conjunto de su obra), no hubiera sido Gustavo Faverón sino, digamos, Phillip Butters. O, mejor aun: Aldo Mariátegui. ¿Se imaginan ustedes la pavorosa reacción que habría tenido la mayoría moral? Habrían circulado cartas abiertas firmadas por Julio Cotler y por los pensadores más pintados. Se hubieran organizado vigilias y plantones por doquier. Hubiera quedado chiquitito el recordado y unánime linchamiento del que fuera víctima el colega Álamo Pérez Luna por haber ciriado por WhatsApp a ciertas damiselas ligeras de cascos, aspirantes a faranduleras. Cuando Álamo lo hace, ¡repudio! Cuando lo hace Gustavo, ¡solidaridad! ¡Espíritu de cuerpo! (O de puerco). No importa tanto lo que hagas, en realidad. Todo depende de quién seas. Y, sobre todo, depende de quién seas amigo. De quién es tu aval. De quién te patrocina. Solo los fujimoristas y los apristas se corrompen y delinquen. Solo ellos y… los cholos, claro. Para los demás, todo es relativo. Ya lo vivimos en el tiempo de los vladivideos: los blancos de Lima no delinquen, no, los blancos de Lima solo pecan. Pero el drama de los tremebundos predicadores de la corrección como Faverón es siempre el mismo: que, tarde o temprano, siempre los terminan encontrando con el poto al aire, peluca rubia, sobredosis, sostén de encaje y el mango del látigo incrustado en donde te imaginas.

Pero no todos han relativizado estos hechos hasta convertirlos en las candelejonas travesuras de un personaje un poquito lenguaraz pero entrañable. Ayer, el colectivo “Ni Una Menos” –el mismo que organizó la mayor manifestación pública de la que se tenga memoria en el Perú– emitió un severo pronunciamiento en el que, entre otras cosas, sostiene lo siguiente: “Las denuncias de acoso sexual recientemente hechas contra el escritor Gustavo Faverón, que generaron que este decidiera cerrar sus cuentas en redes sociales y cancelar su columna con La República, dejando a las denunciantes solas y expuestas en el debate público, mientras que este, convenientemente, desaparece del mismo, han despertado reacciones que no podemos sino rechazar de manera tajante. (…) Esperamos que las mujeres que han hecho pública su denuncia encuentren justicia. Esperamos, también, que el acusado no se esconda detrás del cierre de sus redes sociales, sino que dé la cara”.

¿Y ahora?, ¿qué banderas lavamos? Indignados e indignadas: ¿cómo hacemos?, ¿con pintura de qué color nos pintamos? ¿Y el pasacalle, para cuándo? ¿Y las pancartas?


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