08.MAY Sábado, 2021
Lima
Última actualización 08:39 pm
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Opinión

Algunas fotos de la ilusión, tomadas en el momento en que se acaba.

Un Cristo en pañales. Eso es lo que parecías cuando, casi 20 horas después, te despertaste del dulce sueño inducido por un cóctel mágico de quetiapina, valproato semisódico y clonazepam. Un empepado Cristo yacente sobre una blanquísima cama de la clínica más cara de toda Lima. Una pequeña fortuna hubo que dejar como depósito para que te admitieran sin seguro en el servicio de emergencias, para que los doctores auscultaran, pesaran, punzaran, analizaran y radiografiaran a nuestro Cristo flaquísimo y fumón. Te sacaron todas las muestras posibles y te hicieron todas las pruebas que tenían en el menú: tuberculosis, Elisa, hepatitis B. Todo negativo. Mientras te observaba durmiendo, me preguntaba qué iba a ser de ti cuando salieras al mundo de nuevo. Te contemplaba con curiosidad y también con cierta angustia, como quien contempla un volcán en reposo, un revólver cargado sobre el velador, un tigre de bengala al que le han disparado un dardo somnífero. Como quien vigila a la furia dormida. Me fijaba en la rosa náutica que llevabas tatuada en cada hombro, como si con ellas sintieras la seguridad de que no volverías a perderte entre la noche como siempre. Me fijaba en la rosa aún sin colorear que llevabas tatuada en la espalda. En el ojo tatuado en el vientre hundido, en tu nombre tatuado en la mano como si fuera la placa de identificación de un soldado desconocido: una pista acerca de quién eres por si algún día encontraran tu cuerpo tendido sobre las piedras redondas que, con gran estruendo, arrastran las heladas olas de Cantolao. Dormías como un bendito y, por momentos, así dormido, levemente sonreías. Por momentos, hablabas dormido, no sé si en lenguas o si eran ícaros lo que cantabas. No sé si acaso rapeabas dormido, si improvisabas rimas mientras las enfermeras te daban baños de esponja con agua tibia y te giraban de un lado al otro para cambiarte de ropa de cama sin que tú te dieras cuenta de nada. Seguramente contento allá en tu lejano paraíso de antipsicóticos y sedantes, eras un Cristo crucificado de agujas de venoclisis y levitabas, resurrecto y victorioso, flotabas en el aire a escasos centímetros de tu cama con mandos electrónicos en medio de tu habitación aséptica y climatizada.

Tu neurólogo –que en su tarjeta de presentación se identificó como experto en enfermedades del movimiento– hizo que, aparte del brazalete blanco y autoadhesivo con tus generales de ley, te pusieran también uno amarillo que decía “fall risk”, que, en español, significa “riesgo de caída”. Ignorando que en ningún momento de tu vida habías dejado de caer, nos advertía, justamente, de la aterradora posibilidad de que cayeras. Valiente peligro del que nos prevenían. Pero perder el equilibrio e irte de cara era solo uno de los muchos accidentes que ya te estaban ocurriendo desde el momento en que decidiste pelear tú solo por mantenerte limpio del pastel: náuseas, sudores fríos, calambres, jaquecas, temblores, alucinaciones. El famoso y maldito dengue. Para un paciente que lleva doce años de consumo ininterrumpido de drogas –me explicó el médico– el síndrome de abstinencia no solamente produce efectos físicos espantosos, sino que puede llegar a ser mortal. Nunca me había pasado por la cabeza la idea de que dejar de drogarse pudiera matar. Doce años, la mitad de tu vida intoxicándote sin tregua. El único antídoto que quedaba contra esa desesperación salvaje que te devoraba las entrañas era doparte como al tigre de bengala que se salió de su jaula, sedarte para que tu espíritu furioso e indómito por fin se serenara. Eres una de esas fieras que, hace poco, rescataron de unos circos paupérrimos, de unos mugrientos zoológicos en los que agonizaban, hambrientas y abandonadas a su suerte. Eso eres tú. El tigre escuálido y de escaso pelaje al que han regresado a su hábitat natural para dejarlo disfrutar de su primitiva libertad. Lo que no saben es que tú, Shere Khan, estás inerme ahora. Ya no tienes los colmillos ni las garras que hacen falta para sobrevivir en esta África absurda en la que ahora te aturdes y te extravías. Ya no te sientes en casa aquí, ya ningún ser te identifica, ya ni tú mismo te reconoces en nada y llega un momento en que te invade la estúpida nostalgia del cautiverio y reniegas de este bosque en el que nada te reclama.

“Estoy con la bajada” –fue lo primero que dijiste cuando te dieron de alta, así que lo primero que hicimos fue una escala técnica en el chifa “Amigo”, que es ese que queda en la mitad de un grifo. Así, medio ahuevado y torombolo como estabas, te empujaste solito todo el chi jau kay, todo el kam-lú wantán y toda la fuente de chaufa especial que era para cuatro. Esa tarde hicimos alegres planes. Primero pediste que, como garantía de que no volvieras a recaer, viniera un amigo tuyo a hacer las veces de tu niñero. El amigo tuyo fue puro bobo y aceptó en una, renunció a su trabajo y se vino corriendo. Se mudó contigo para cuidarte. Se aseguró de que tomaras tu medicación a tus horas. De alejarte de todas las posibles tentaciones: los teléfonos, los cigarros, el Facebook, el trago. A sobrellevar con estoicismo tus bruscos cambios de clima, tus insoportables fluctuaciones de humor. Dos semanas después ya tenías otro brillo, habías dejado de verte ceniciento, habías cambiado de color. Nadabas y trepabas cerros. Leías y escribías mucho. En el supermercado te engreías como un niño y eras capaz de llenar una carretilla entera con botellas de yogurt. Te compraste un sombrero azul y te dabas el lujo de ir al teatro varias veces por semana. Me dijiste que querías postular a Artes Escénicas o a la Escuela de Música. Te dije que a las dos ingresabas de todos modos, que cerebro y talento te sobraban pero la condición –eso sí– era que primero pasaras una temporada de terapia en Takiwasi, ese centro donde el requisito principal es que el adicto se interne voluntariamente. Me sorprendió que lo aceptaras de tan buena gana. Las maletas estaban hechas. Mi única condición –dijiste– es que me dejen despedirme de mi hermana. Aceptamos. Como eso implicaba que regresaras al barrio al que juraste jamás regresar, te llevamos en el carro hasta la puerta, nos cercioramos de que atravesaras el umbral de la puerta y entraras y esperamos afuera. Y esperamos. Y esperamos. Cuando tocamos el timbre, nos mandaron decir que habías salido y que no insistiéramos, que la dueña de casa estaba descansando. Pero, ¿cómo saliste?, ¿por dónde? Nadie nos dio razón. Pasaron cuatro días con sus noches. Desapareciste. Nunca más te volvimos a ver, hasta hoy que has mandado a mi celular este mensaje de texto: Quieres ayudarme pero no crees en mí. Estuve encerrado cuatro días porque tenía miedo de salir. Esas malditas pepas que nunca quise tomar me causan alucinaciones. Me ataca la paranoia y tú como todo el mundo piensas que fumo. No importa. El día que tú ya no me creas habrá otra persona que sí. La rabia y la frustración me impidieron responderte nada entonces, pero te respondo ahora: Yo no puedo salvar a nadie, amigo. Solo puedo exigirle a esta puta vida que un día te trate mejor de lo que te ha tratado. Nada más. Pude quererte, pero no pude salvarte.


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