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El amor no es un cuento de hadas

Sábado 31 de julio del 2010 | 09:21

Algunos suelen estar demasiado influenciados por conceptos idílicos sobre las relaciones sentimentales.

Pensar que existe el alma gemela nos acerca a una fantasía. (Flickr)
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Alguna vez hemos escuchado esto de nuestra pareja en tono de desilusión: “No es lo que yo esperaba del amor”. ¿Y qué expectativas tenía esa persona? Pues muchas nociones lindaban con lo poético e idílico: el anhelo por el príncipe azul, o esa idea de “seremos felices eternamente’. O sea, los cuentos de hadas en el amor no han muerto aún.

En el 78% de las creencias sobre el amor romántico se encontró elementos de cuentos de hadas –más precisamente de la Cenicienta –, según un pequeño estudio realizado en el año 2000 con un grupo de nueve mujeres de 22 a 29 años y 15 hombres de 23 a 50 años, en California.

De hecho, estas personas tenían más inclinaciones a experimentar angustia, desilusión y desolación en sus relaciones que en aquellas que eran más desconfiadas con los cuentitos de marras.

LA REALIDAD. Lo que nos señalan diversos estudios y encuestas es la existencia de otros elementos más terrenales en la relación que nada tienen que ver con el dichoso “y seremos felices por siempre’.

Hace tres años se realizó en la Universidad Nacional de Australia el estudio “What’s Love Got to Do With It’ (¿Qué tiene que ver el amor con esto?), un seguimiento –desde 2001 hasta 2007– a unas 2,500 parejas, casadas o convivientes, con el que se demostró que factores como la edad –un esposo nueve años mayor, o más, que su mujer, está dos veces más dispuesto a divorciarse– o el dinero eran hasta más importantes para algunas parejas.

¿ALMA GEMELA? En Los 100 secretos para las parejas felices, el psicólogo David Niven –citando a una crítica de medios de comunicación– advierte sobre el riesgo de la influencia de historias como Cenicienta, o el cine, en la idea del amor que cada uno de nosotros pueda tener.

Pensar que existe el alma gemela nos acerca a una fantasía que nos aleja del mundo real, donde los demás no son suficientes ni comparables a ese modelo de perfección que nos deja en compás de espera.